Un estudio publicado en Science Advances revela una paradoja que desafía las intuiciones: las mujeres suelen reportar mayor felicidad y satisfacción vital que los hombres, aun cuando los indicadores de salud mental —como depresión, ansiedad o dolor crónico— muestran un claro declive en ellas. ¿Cómo se explica esta contradicción? La investigación, liderada por Caspar Kaiser de la Universidad de Oxford, explora dos grietas clave: la brecha de género en el bienestar subjetivo y el retroceso en la calidad de vida femenina pese a los avances socioeconómicos en igualdad.

La primera paradoja: felicidad vs. salud mental
Según el análisis, las mujeres experimentan «sistemáticamente» peor salud mental que los hombres, con mayores niveles de depresión, irritabilidad y estrés emocional. Este patrón es global, pero se acentúa en regiones como América Latina y Europa Occidental. La paradoja radica en que, al mismo tiempo, muchas mujeres evalúan su vida como más satisfactoria. Los investigadores apuntan a tres factores:
1. Normas sociales y roles de género: La presión por cumplir con expectativas de cuidado, empatía y multitarea (laboral, doméstica, familiar) genera un malestar que, culturalmente, se normaliza como parte de la «vida femenina».
2. Diferencias biológicas: Fluctuaciones hormonales a lo largo de la vida podrían influir en una mayor sensibilidad al dolor y al «afecto negativo» (culpa, nerviosismo).
3. Metodología de las encuestas: Hombres y mujeres interpretan distinto las preguntas sobre bienestar. Por ejemplo, ellas reportan mayor satisfacción laboral pese a salarios más bajos, quizás por tener expectativas inicialmente menores.
Sin embargo, esta paradoja no es universal. Solo el 36% de los países analizados (que cubren el 32% de la población mundial) muestran esa contradicción. En Europa, la ex Unión Soviética y África subsahariana, la brecha de satisfacción vital a favor de las mujeres se desvanece.
La segunda paradoja: avances en igualdad, retroceso en bienestar
Aunque las mujeres han logrado progresos educativos, laborales y políticos en décadas recientes, su bienestar emocional muestra signos de deterioro. La hipótesis principal es la «doble carga«: la incorporación al mercado laboral no vino acompañada de una redistribución equitativa de las tareas domésticas y de cuidados. En países con mayor igualdad de género, como los europeos, ellas reportan más conflictos entre trabajo y familia, lo que reduce su «efecto positivo».
Además, las expectativas crecientes juegan en contra: «A medida que aumentan las oportunidades, las mujeres se fijan metas más altas. Cuando la realidad no las satisface, experimentan más frustración», explica Kaiser. Esto se refleja en datos como el aumento del uso de antidepresivos tras la maternidad, un fenómeno no observado en hombres.
¿Qué hacer ante esta crisis silenciosa?
Judit Vall, economista de la Universidad de Barcelona, subraya que la penalización laboral por maternidad y la sobrecarga de cuidados siguen siendo ejes críticos. Kaiser, por su parte, advierte que las políticas públicas deben ir más allá de lo económico: «Es urgente priorizar la salud mental y reconocer que las soluciones únicas no funcionan. Las normas culturales moldean estas brechas de manera distinta en cada región».
Para reflexionar:
Si la resiliencia femenina es, en parte, un producto de la presión social… ¿cómo construir un bienestar que no dependa de negar el peso invisible de los roles de género?