Vivimos en una sociedad que admira la honestidad, celebra el compromiso y exige responsabilidad. Sin embargo, quienes intentan actuar de acuerdo con esos valores descubren, muchas veces, que hacer lo correcto tiene un precio. ¿Por qué reconocemos virtudes que después no siempre estamos dispuestos a defender?
Hay una contradicción que atraviesa nuestra vida cotidiana y que hemos aprendido a aceptar con una naturalidad preocupante: hacer las cosas bien no siempre resulta conveniente. Desde pequeños nos enseñan que la honestidad es una virtud, que el esfuerzo merece recompensa y que la palabra dada debe respetarse. Después descubrimos un mundo donde las reglas escritas no siempre coinciden con las que efectivamente se practican. Algunos avanzan porque saben acomodarse, otros prosperan evitando responsabilidades y quienes se toman demasiado en serio sus obligaciones pueden terminar resolviendo también las de los demás. La paradoja resulta difícil de ignorar: aquello que debería distinguirnos positivamente puede convertirse en una desventaja.
Esta contradicción adquiere una dimensión especialmente preocupante cuando observamos tres pilares fundamentales de nuestra sociedad: la salud, la educación y la seguridad. Detrás de cada hospital hay personas que cuidan, acompañan y toman decisiones difíciles. Detrás de cada escuela hay docentes que intentan enseñar, contener y construir oportunidades. Y detrás de cada servicio de seguridad hay hombres y mujeres que asumen responsabilidades en situaciones donde equivocarse puede tener consecuencias graves. Son personas con familias, preocupaciones, necesidades y límites. No son solamente uniformes, guardapolvos, cargos o funciones. Sin embargo, aunque sus tareas sean diferentes, pueden encontrarse frente a una misma contradicción: se les exige compromiso, vocación y resultados, pero no siempre cuentan con el respaldo, los recursos o el reconocimiento necesarios para responder a esas exigencias.
En estos ámbitos, como en tantos otros, puede ocurrir que quien señala un problema termine siendo considerado parte del problema, que quien asume responsabilidades reciba todavía más obligaciones o que quien intenta sostener sus principios descubra que hubiera resultado mucho más sencillo mirar hacia otro lado. Esto no significa que todos actúen correctamente ni que deban quedar exentos de críticas. Significa que tampoco podemos exigir excelencia mientras naturalizamos condiciones que dificultan alcanzarla. Una sociedad que necesita del sacrificio permanente de quienes sostienen sus instituciones debería preguntarse qué está haciendo mal.
Pero sería un error creer que esta realidad pertenece exclusivamente a esas tres actividades. También sucede en empresas, comercios, organismos públicos y organizaciones privadas. Puede aparecer en cualquier lugar donde la conveniencia tenga más recompensa que la responsabilidad. Hemos confundido compromiso con sacrificio, vocación con resignación y responsabilidad con disponibilidad ilimitada. Sin embargo, hacer las cosas bien no significa soportarlo todo, ni tampoco sentirse moralmente superior. Exige preparación, disciplina, humildad para reconocer errores y la determinación necesaria para establecer límites. La honestidad no debería convertirse en una obligación de sacrificarse permanentemente para demostrar que uno merece ser considerado responsable.
Quizás parte del problema esté en nuestra manera de entender el éxito. Admiramos los resultados, pero no siempre preguntamos cómo fueron obtenidos. Una empresa puede ganar dinero mientras pierde credibilidad; una institución puede exhibir resultados positivos mientras descuida a quienes los hacen posibles; y una persona puede rechazar una ventaja injusta y parecer derrotada cuando, en realidad, está defendiendo algo mucho más valioso. No toda victoria merece celebrarse ni toda pérdida debería lamentarse. El verdadero problema comienza cuando las organizaciones premian la conveniencia, castigan la coherencia y después se sorprenden cuando las personas responsables dejan de involucrarse.
Una sociedad verdaderamente comprometida con sus valores no debería necesitar tantos héroes para funcionar. Debería construir instituciones donde la honestidad fuera una práctica habitual, donde señalar un error no significara convertirse en enemigo y donde cumplir con las obligaciones no implicara quedar sistemáticamente en desventaja. Porque cuando quienes intentan hacer las cosas bien se cansan de insistir, no perdemos solamente buenos profesionales o trabajadores comprometidos: comenzamos a perder la confianza que permite convivir, trabajar y construir proyectos colectivos. Y sin confianza, ninguna institución puede sostener su legitimidad indefinidamente.
Se paga caro hacer las cosas bien. A veces, con oportunidades que desaparecen, reconocimientos que nunca llegan o el cansancio de tener que defender aquello que debería resultar evidente. Pero existe un costo todavía mayor, aunque menos visible: el que pagamos colectivamente cuando dejamos de creer que vale la pena actuar con responsabilidad. Una sociedad no demuestra la solidez de sus valores por la cantidad de personas dispuestas a sacrificarse para defenderlos, sino por su capacidad de convertir esos valores en condiciones normales de convivencia.
Se paga caro hacer las cosas bien. Pero mucho más caro terminamos pagando, todos, cuando dejamos de exigir que las cosas se hagan como corresponde.
